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Reseña Historica

A la llegada de los españoles, Acatlán figura como uno más de los pueblos del Valle de Tulancingo que pagaban tributo a los mexicas. Su primer encomendero español, fue D. Pedro de Paz. Esta encomienda dominaba su extensa zona comprendida entre los actuales municipios de Atotonilco, Huasca y Acatlán. El pueblo se hallaba sujeto al de Atotonilco como República de indios con 211 casas de mexicanos y otomíes. Posteriormente la encomienda pasó a manos de doña Francisca Ferrer.

Hacia 1564, el pueblo tenía como gobernador a Domingo de Alvarado, hecho que consta en un documento de merced de tierras donde figura un plano a colores dibujado por el pintor Andrés Rafael, en el cual aparece el pueblo de San Miguel de Acatlán con sus visitas: Santa María, Santo Domingo y San Agustín; la primera, a una legua y las últimas a dos y tres leguas de la cabecera.

A finales del siglo XVI, comienza el período hacendario de la región, cuyos movimientos de tenencia y administración se realizaron directamente en la alcaldía mayor de Tulancingo. A este período, corresponden las actuales haciendas de Totoapa, Mixquiapan, Zupitlán, Tepenacasco y Cacaloapan. A mediados del siglo XVIII, los naturales del pueblo de Acatlán establecen fuerte pugna contra doña Ma. Dolores Romero de Terreros, marquesa de Herrera, acusándola de despojo de tierras para ensanchar los linderos de la Hacienda  de San Juan Hueyapan, que era de su propiedad. Con este hecho comienza una larga lista de despojos e invasiones sobre las tierras de los naturales, siendo los mayores el casco de la hacienda de Zupitlán propiedad de Alfonso Flores de Valdéz, en 1725, y el de la hacienda de Totoapa propiedad de Onofre Gil Barragán, en 1752. Todas estas arbitrariedades promovieron que el pueblo de Acatlán se anexara a las causas insurgentes en la lucha por la Independencia. Así en 1821, durante la ocupación de la Ciudad de Tulancingo por las tropas del general Bravo, se reclutaron en sus filas numerosos habitantes de Acatlán instigados por el sermón del bachiller Don Rafael Fernández, párroco del lugar.

En el mes de mayo de 1853, el gobernador liberal de Michoacán, Melchor Ocampo residió en Acatlán tras su confinamiento en la ciudad de Tulancingo. Durante un mes promovió algunos talleres de oficios y sobre todo las ideas de liberalismo entre los pobladores.

Más adelante durante la contienda revolucionaria de 1910, las tropas carrancistas ocuparon temporalmente la población, destinando el claustro del exconvento como cuartel y cocina de leña.

Este convento, cuya advocación es dedicada al arcángel San Miguel -pertenece a la orden de San Agustín y  se comienza a construir en 1544-, por lo que el pueblo toma su nombre hasta finales del Siglo XVIII. Se ignora quiénes fueron sus constructores pues hasta la fecha no se ha encontrado ningún documento que hable de ello. La documentación más antigua del archivo parroquial es un libro de casamientos que se inicia en 1569.

En esta misma fecha, el agustino Fray Juan de Santa Catarina informaba que existía un convento donde residían tres religiosos: un prior, un teólogo y un predicador confesor de españoles, además de otro religioso que predicaba en lengua mexicana y otomí.

El convento tenía las siguientes cofradías: Nuestra Señora de la Soledad, Nuestra Señora de la Purificación, la Santísima Virgen María, Nuestro Padre Jesús de Nazareno, Nuestro Señor del Santo Entierro y Nuestro Señor de San José. Mismas que eran administradas por mayordomos y cofrades de las rancherías de Cacaloapan, Mixquiapan, Totoapa, Tepenacasco, Santo Domingo y San Dionisio, donde también existían terrenos de labor, propiedad de los agustinos.

El período agustino de Acatlán, se inició a mediados del siglo XVI y terminó el 11 de abril de 1745, cuando el convento fue secularizado teniendo como primer cura al bachiller Don Miguel Echeverría.

Desde sus inicios Acatlán perteneció al arzobispado de México, y fue hasta el 22 de mayo de 1864 en que se erigió el arzobispado de Tulancingo, que este municipio quedó bajo su jurisdicción. El primer obispo de Tulancingo, el Dr. Don Juan B. Ormaechea y Ernaiz, realizó notables mejoras en la parroquia de Acatlán a la vez que amplió los linderos de la misma.